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sábado, 12 de mayo de 2012

La Pelu de Flor puede abrir muchas cabezas


Una travesti en una peluquería, chisme va, chiste viene, puede abrir muchas cabezas.

Cuando vivía en Once, frente a mi departamento había una peluquería donde trabajaban varias travestis y gays que, entre cortes, brushings y permanentes, peinaban las “scheitel”, como se nombra en yidish a las pelucas que las judías ortodoxas casadas están obligadas a usar para cubrir su verdadero pelo.
La homo-les-transfobia tradicional de la cultura judía se quebraba en la relación cotidiana entre las trans de la pelu y las mujeres judías que eran clientas estables: como una grieta moral donde los intercambios entre ellas hacían fluida una conexión que la religión prescribía como innoble. Puede que las uniesen solamente la coquetería y la estética, pero era una razón suficiente que las atravesaba a todas más allá de las barreras culturales. La de peluquera es una profesión alternativa a la prostitución para muchas trans, hay una forma de resistencia en convertirse en reina del salón de belleza, de expandir su feminidad en cada rulo y rulero, cada lacio definitivo, cada uña esmaltada. Esa microhistoria de Once tiene bastantes copias certificadas en locales de barrios tanto como en piezas de pensiones donde la solidaridad entre travestis convierte cada rincón en una pelu donde se contaminan mutuamente de una belleza expansiva, comunitaria.
La Pelu de Florencia de la V es esa misma forma de activismo que riza el rizo y que, a través de la particular comedia glam que ella construyó en su carrera, se apropió del mediodía, para hacer los claritos al almuerzo, partiendo en dos el día a día rutinario de la tele. Si la mariconería en Argentina ya estaba instalada como carne de reality, lo que propone La Pelu es extenderlo en horario familiar pero con un protagonismo que no había tenido todavía, porque ahora el punto de vista es de una persona trans que construye desde la propia desfachatez, sin ser el personaje pintoresco, la excepción, la comparsa.
Y es Florencia de la V la que consiguió y visibilizó, a su manera, una serie de derechos y beneficios que aún no pudieron lograr muchas y muchos trans argentinxs, como tener un DNI que certifica su identidad de género, casarse y ser madre de dos mellizos. Toda esa legalidad a la que accedió no le imposibilita hacer gala de su exacerbado y sutil, en partes iguales, humor trava, que conjuga una forma de feminidad explosiva con algo de incorrección marica en cada comentario, porque ella es la menos Maru Botana de las madres televisivas.
Deslenguada, filosa, a veces incluso tan arrabalera como Tita Merello pero sin perder una espontaneidad alerta, Florencia de la V puede invitar a Beto Casella y confesarle que está fascinada por las mariconerías de su panelista gay Charly, y se llegan a cimentar intimidades sobre escatología, tanto como tirarle los galgos a cuanto invitado aparezca (modelos de pasarela de Jorge Ibáñez incluidos).
En el programa hay una técnica muy efectiva para liberar a la loca que cada invitado o invitada lleva dentro: interrumpir cualquier momento de las entrevistas con música al taco y ponerse a bailar como fuera de sí, transformando a este magazine ficcional en un musical, más del lado del baile de las locas, porque Gladys Florimonte parece Copi travestido o una versión de La mujer sentada, con sus pocas palabras y minimalismo gestual, como contraste con la teatralidad exacerbada de Florencia, que revolea el cuerpo con una gracia de murga mezclada con una vedette sofisticada.
En ese terremoto bailable, de contrabando en la ficción de una peluquería de mujeres fuera de borda, se mezcla la realidad, y Florencia puede ir y venir entre las noticias del día, con comentarios muchas veces impensados, que pueden incluir referencias a la marcha de la despenalización de la marihuana, con un sentido de comedia que alcanza niveles políticos. Puede que la desfachatez trans de Flor de la V le haya costado que La Pelu se lanzara casi sin pautas publicitarias las primeras semanas, con un solo corte comercial casi sin otros avisos que los programas de Telefe. ¿Las marcas no querrán que sus productos estén relacionados con una travesti? La tercera semana aparecieron nuevos comerciales, y tal vez el rating que logró el programa hizo que se quebraran los prejuicios. O, quizá, que una travesti, que además es madre, conduzca por primera vez un programa de televisión de aire en Argentina, aunque en parte implica nuevo paradigma, tal vez sea la punta de un cambio de canal que todxs estamos esperando.
Por Diego Trerotola – (Soy)

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